30 de abril 2006. Magdalena Contreras, DF. Reunión con niños.

Cuentan los más mayores de nuestros abuelos que los dioses primeros, los que nacieron el mundo con su palabra, eran muy descuidados y donde quiera dejaban tiradas sus cosas. Cuentan que en los primeros días y noches del mundo, los hombres y mujeres de maíz, los originarios de estas tierras, los hechos de maíz y palabra, donde quiera se tropezaban con las cosas que los dioses dejaban en su tiradero.
Cuentan que en veces se topaban con una chancla, o con un azadón, o con una coa -que es una vara o un palo que usamos para sembrar, con ella hacemos un hoyo en el suelo y ahí ponemos la semilla del maíz-, y entonces, preguntaban de quién es esta chancla que está tirada en medio del camino (de por sí así hacen las mamás ¿no? Que dicen: “¿de quién es esta chancla?”, ¿no?, “¿quién dejó tirado el calzón?”).
Y entonces preguntaban de quién es esta chancla que está tirada ahí en medio del camino y se ponían así ¿no? -así se ponen cuando se enojan, ¿no?, “¿de quién es esta chancla?”, ¿verdad?, lo conocemos bien-. “¿De quién es esta chancla?”. Y rápido se veía que no era de nadie, de nadie de los hombres y mujeres de maíz porque apenas eran unos cuantos. O sea que no había mucha gente en el mundo, porque ya habría después muchas madrugadas para que los hombres y mujeres se sembraran uno en el otro, para cansarse con contento y se mojaran los vientres con la vida por venir.
Entonces, como no era de nadie la chancla perdida, pues rápido sabían que seguro algún dios andaba como cojo, porque le faltaba una chancla. Y sabían quién la perdió porque el dios, en lugar de buscarla su chancla, se ponía a cantar esa que dice “y la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar”. Y entonces ahí se quedaba botada la chancla. Pero no sólo se les caían las chanclas a los dioses, también se le caían los sueños.
Y es que los dioses primeros, los que nacieron el mundo, dormían en hamaca. Porque resulta que eran muy caminadores estos primeros dioses hacedores del mundo, y siempre llevaban una su morraleta -o sea que es como una bolsa para el mandado, pero más pequeña-, y ahí llevaban su pozol, su tortilla y su hamaca. Y ahí nomás donde les daba hambre, se paraban y se sentaban a orillas de un arroyo y lo batían su pozol con agua y lo tomaban junto con sus tortillas y también, cuando les entraban las ganas de dormir, nomás buscaban dos árboles y con bejucos tendían su hamaca, y se echaban a dormir sin pena y se ponían a soñar cosas buenas.
Pero luego no se acomodaban bien, y estaban a la vuelta y vuelta, como si no hallaran de qué lado dormir. Y entonces se les caían los sueños. Y como la hamaca era tejida, pues el sueño se iba hasta el suelo. Y cuando el dios se despertaba -que no era rápido, porque mucho dormían estos dioses primeros-, nomás recogía su hamaca, la metía en su morraleta y ¡anda vete!, a seguir caminando.
Bueno, pues esos sueños no eran todos iguales, sino que unos eran sueños de colores diferentes, y otros eran de distintas formas. Y otros se rompían al caer y quedaban partidos en muchas partes. Y entonces la tierra -que sea el mundo- se llenaba de colores y formas diferentes. Y los primeros hombres y mujeres llamaron piedras a esos sueños de formas y colores distintos. Y con piedras -o sea con sueños- adornaban sus champita -o sea sus casitas- y era bien alegre, porque en la noche parecían como lucecitas esos sueños de los dioses que se llamaban piedras.
Y había piedrotas, piedras y piedrecitas. Y los niños agarraban las piedrecitas y jugaban con ellas a la matatena, y al avión, y al bebeleche. Y hacían caminitos que brillaban en la noche. Y esos sueños que eran piedras también cantaban, y sus canciones cantaban cosas buenas y decían vida, alegría, paz. Y había unas piedrecitas, las más pequeñitas, que amor no decían, sino que lo murmuraban, como si una canción cantaran al oído moreno de la tierra.
Y entonces, llegaron los poderosos -que sea los ricos y sus malos gobiernos- a hacerle mucho mal a los hombres y mujeres del maíz, a los originarios de estas tierras. Y entonces, esta gente buena, para que los ricos no se robaran los sueños hechos piedras de los dioses, los agarraron y los aventaron para arriba con mucha fuerza para que llegaran bien lejos. Y las piedras pegaban en el techo del mundo -que sea en el cielo- y lo dejaban hoyeado -que sea con agujeros-. Por eso es que en la noche, cuando el sol se va a dormir y se tapa con la cobija de la noche, en nuestras montañas se ven las estrellas, porque bien llena de agujeros quedó la noche -que sea, la cobija con la que se tapa el sol para dormirse.
Pero no todos los sueños caídos de los dioses primeros, los sueños hechos piedra, se aventaron para arriba para esconderlos en el cielo, muchos quedaron en el suelo, tirados por donde quiera. Y pasó mucho tiempo y el polvo los fue cubriendo y quedaron como grises, como negros, como amarillos, como rojos, como azules, pero sin brillo por el polvo.
Y los hombres y mujeres de maíz, los originarios de estos suelos, les contaron esta historia a sus hijos e hijas. Y estos y estas a sus hijos e hijas, y así por muchos calendarios.
Por eso es que nuestra gente, los pueblos indios, caminan mirando al suelo. Es que van buscando esos sueños hechos piedras. Y adivinan si tienen el brillo escondido. Y reconocen si es un sueño roto. Y entonces recogen la piedrecita y siguen buscando más pedacitos de ese sueño incompleto, como si fueran armando un rompecabezas con pedacitos regados por los caminos del mundo. Y ya que lo completan el sueño que estaba roto e incompleto, escuchan su palabra hecha canto y se alegra su corazón.
Por eso es también que nuestra gente no batalla para saber escuchar a otros y a otras. Como saben escuchar a las piedras, entonces bien que saben escuchar los silencios, que no son sino palabras que se rompen antes de salir, y hay que saberlos armar en el corazón colectivo que somos los pueblos indios.